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Última modificación: Miércoles, 08 Mayo 2013, Visitas en web: 900
once escandalos

Once escándalos para enamorar a un duque

Ficha Técnica

  • Título: Once escándalos para enamorar a un duque
  • Autor/a: Sarah MacLean
  • Serie: Amor en cifras 3
  • Reseña de: ELFLED

Puntuación

4.0/5 rating (2 votes)

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Sinopsis

Juliana Fiori es un espíritu apasionado. Es impulsiva, valiente, decidida y poco le importa lo que opine el resto de la alta sociedad londinense, lo que la convierte en el blanco favorito de los cotilleos de la ciudad. Es nada más y nada menos el tipo de mujer que el duque de Leighton querría tener lo más lejos posible.

El duque tiene una intachable reputación que proteger pero Juliana está dispuesta a demostrarle que nadie puede resistirse a la pasión, aunque se trate del mismísimo duque de Leighton, y tiene dos semanas para demostrárselo.

Valoración personal

La había deseado desde el mismo día en que la conoció, joven, lozana y tan distinta de las muñecas de porcelana que eran obligadas a desfilar delante de él por madres que apestaban a desesperación.
Y durante un breve instante pensó que podría ser suya. A sus ojos le había parecido como una exótica joya extranjera, precisamente el tipo de esposa que se ajustaba a las necesidades del duque de Leighton.
Hasta que descubrió su auténtica identidad y el hecho de que carecía completamente del pedigrí exigible a la futura duquesa.

Permitidme que os diga que, tras leer esto, casi al comienzo del libro, me puse de muy mala leche. ¡Menudo snob de pacotilla era el bueno del duque de Leighton! Si le hubiese tenido cerca creedme que le habría arrancado los pelos de las patillas uno a uno a su excelencia sin apenas remordimientos.

O sea, que ve a la chica, se prenda de ella, algo en su corazón le dice que puede ser la mujer de su vida y luego por no sé qué sentido ridículo del pedigrí la rechaza, la descarta, como una colilla. ¡Muy pero que muy bonito! No obstante, una compañera me había dicho que el libro era muy divertido, que me lo iba a pasar muy bien y continúe leyéndolo. No solo por lo que ella me dijo sino porque para mí, esta autora, se encuentra desde que me leí su primera novela, entre mis favoritas. Sus dos personajes femeninos anteriores me resultaron muy refrescantes y Juliana no podía defraudarme. Pero he de deciros que reírme, la verdad, me reí poco. Me he dado unas lloreras con esta novela…

Pasé del cabreo monumental por culpa del duque a sentir una pena profunda por Juliana.

Una chica que, pese a sus orígenes, es un candor. Sí, es cálida, amable, sincera, cariñosa con unas ganas locas de comerse el mundo antes de que éste se la coma a ella.

Juliana es como un espíritu libre que ve la vida desde el prisma que solo la gente del sur de Europa como son los italianos o nosotros mismos (los españoles) podemos hacerlo. Para nosotros la vida hay que tragarla a grandes tragos no nos sirven las medias tintas ni paladearla sorbo a sorbo. Y cuando nos enamoramos lo hacemos de forma visceral (la gran mayoría).

Leighton, sin embargo, es todo lo contrario. Posee esa endiablada flema británica. Es inconmovible, un estirado al que le hace falta que alguien le despabile.

Llegados a punto de la novela casi me hubiese gustado presenciar un exabrupto del imperturbable duque.

De todas maneras llegados aquí, mi mente salió un poco de parranda y una vocecita me decía que era una lástima que llegados a puntos así en las novelas eso nunca ocurría. El personaje tendría que haber pegado un puñetazo en la mesa y en lugar de tanta contención un poco de impulsividad ¡por favor! Algo que eche por tierra mis absurdas teorías. Que haga algo imprudente a la vista de los demás. Creí que no lo leería en ningún momento pero ahí volvió a sorprenderme la autora. ¡Leches! Si antes lo pienso, antes lo leo, aunque eso sí tuvo que ocurrir ya aproximándose al final.

Pero Leighton, conforme te vas adentrando en la trama va demostrándote que las absurdas teorías que te has planteado desde el principio acerca de cómo es él se van destruyendo. Al igual que ocurre con un castillo de naipes se van desintegrando a medida que se va desarrollando la trama. Para terminar siendo casi un ídolo que de barro no tiene nada.

Leighton, pese a sus férreas convicciones, pese a sus esmerados intentos de hacer lo correcto, llega a un punto de su vida en el que le es imposible continuar adelante con lo que debe hacer.

Hay momentos tan conmovedores en esta historia que no podía evitar llorar amargamente.

Los sentimientos de Juliana se expresan casi a voz en grito. Pese a sus silencios, su corazón está gritando de dolor. No soporta ver al hombre que ama como se va apretando la soga que él mismo se ha puesto en el cuello y, pese a todo, allí continúa ella, con una sonrisa en los labios y tragándose su amargura y desesperación.

No sé qué os podrá transmitir a vosotras, chicas, pero a mí me dolía su sufrimiento. En esos momentos de impotencia, de desgarro, de dolor incluso físico era como estar en su piel. ¿Quién no ha amado en alguna ocasión que no se ha visto en la situación de ser espectador de la «felicidad» del ser amado?

Encuentras, como siempre en las historias de McLean, diálogos ingeniosos y divertidos sobre todo en cuanto a lo que rodea a sus secundarios. Los momentos mordaces con Ralston o St. John como protagonistas son sencillamente deliciosos y muy bien venidos. Pero son los diálogos de los momentos sentidos los que me hacen ponerle a esta novela un Sobresaliente Cum Laudem. Son tan sumamente emotivos que es imposible que algo no se te remueva por dentro.

Estos momentos de cruda sinceridad son los mejores del libro y una escena en particular, acontecida en la propiedad de St. John y que no voy a relatar, la que me hizo «ver» y conocer al auténtico Simon.

Y, si quisiera destacar otra más me decidiría por una conversación entre Juliana y Gabriel en el despacho de este último.

La novela está cuajada de sinceridad y de cosas dichas sin decir gracias a las voces en «off» de sus propios protagonistas, un detalle que, desde luego, me ha encantado.

Para finalizar os dejaré estas hermosas palabras:

En ese momento, mientras intentaba enfocar la mirada entre la niebla, recordando una y otra vez lo sucedido en esos últimos minutos, reconoció la emoción que se había apoderado de todo su ser.
Tenía miedo.
Miedo a perder lo único que había querido de verdad en toda su vida.