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  • Lanzamiento: Octubre 2012
  • Visitas en web: 1340
  • Bienvenidas a la Sala de Conferencias de RH

Autor/a

Ava Campbell

Información de la novela

  • Autor/a: Ava Campbell
  • Título: Quédate en mi vida
  • Serie: Independiente
  • Orden Serie: -
  • Editorial: Vergara
  • Época: Siglo XIX
  • Principales: Anna y John
  • Secundarios: Julia y lady Everley

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Sobre el autor/a

Nací en Vitoria, donde aún resido con mi marido y mis hijos, un 31 de octubre de hace ya unos cuantos años. No voy a ser original diciendo que soy una lectora compulsiva desde pequeña, puesto que la gran mayoría de autoras que conozco lo son, pero es así. Pocas cosas podían hacerme más feliz de niña que recibir como regalo un libro al que le hubiera echado el ojo. Y no sólo he sido lectora compulsiva, de esas que no pueden soltar un libro hasta acabarlo aunque estén muertas de sueño, sino también precoz y ecléctica; en mi casa siempre ha habido una biblioteca nutrida, y tan pronto leía un libro de Puck, como uno de Agatha Christie, «Crimen y Castigo» o «Los tres mosqueteros».

También, como la gran mayoría de esas autoras, me gustaba escribir desde pequeña. Cuentos, relatos fantásticos, historias de amor... Al principio a mano, luego en una máquina de escribir que me pareció el mejor invento del mundo, y hasta en un Spectrum. Sin embargo, y de alguna manera, durante muchos años olvidé esta afición. Hasta el punto de que han tenido que ser mis amigas las que, ahora, al escucharme en una entrevista decir que nunca había escrito nada hasta publicar «Quédate en mi vida», me han gritado: «Eso no es verdad. En el colegio siempre estabas escribiendo algo».

Pero sí, a veces la vida tiene estas cosas. Supongo que, al dejar el colegio, otras ocupaciones llenaron el tiempo que hasta entonces podía dedicar a escribir. Y con los años, incluso llegué a olvidar cuánto me gustaba. Lo que hice fue dedicarme a algo más «productivo» y «serio»: estudiar Derecho, preparar oposiciones unos cuantos años, y finalmente comenzar a trabajar en RRHH. Eso es lo que estuve haciendo durante 15 años.

Hace tres, sin embargo, pisé el freno. Llevaba ya muchos años trabajando en diferentes puestos de responsabilidad en RRHH, y aunque adoraba —y adoro— mi trabajo, el alto ritmo que debía mantener me hizo preguntarme si era así como quería conducir mi vida. No necesité mucha reflexión para saber que no, y que deseaba algo más; así que cambié de trabajo, me apunté a un taller de escritura romántica, y como ejercicio final del mismo, me planteé escribir la historia de Anna y John. Y una vez acabada, todo lo demás —la publicación— vino rodado, y ahora estoy en este punto en que, publique de nuevo o no, espero no volver a olvidar nunca cuánto me gusta escribir.

Ambientación y contexto

La acción transcurre en 1823 entre Halston, un pueblo del condado de Surrey al sur de Londres, y la capital...

Hace seis años que Anna Hurst se trasladó a este tranquilo pueblecito inglés de cottages de ladrillo gris y tejas oscuras, al arrendar una de las viviendas de lord Lisle. Su vida transcurre con total calma, dedicada a mantener la escuela dominical que, con la ayuda del reverendo Edwards, ha montado en la parroquia para los hijos de los arrendatarios del vizconde. A pesar de ello, nunca había visto a su arrendador, hasta que éste vuelve a Hertwood Manor por el funeral de su madre.

Pero como una imagen vale más que mil palabras, tal vez sea mejor que veáis cómo sería Halston...
 
Pueblo de Halston
 
Iglesia de Halston
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Casa de Anna
 
Hertwood Manor 
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Sus personajes principales

 
Anna Hurst
 
 
John Sinclair, vizconde Lisle
 
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Ella: Jennifer Garner Él: Noah Mills

Anna Hurst: Bien, las administradoras de RH me han pedido que me presente, y aunque no me gusta colocarme en primera línea de esta manera, trataré de hacerlo. Tengo que reconocer que soy muy reservada con mi vida y por ello me incomoda explicar cómo soy.  Hay mucha gente en Halston que no creería en esta incomodidad, puesto que mi imagen pública es la de una persona obstinada y luchadora, pero sólo yo sé hasta qué punto a veces las apariencias encubren realidades mucho más complejas. No, no me preguntéis por ello. Mi pasado está bien donde está, en el olvido.
Es mucho más sencillo hablar de la parte más obvia de mí, la visible, decir que soy una viuda de 34 años que hace seis, cuando su marido falleció,  decidió abandonar el que había sido su hogar de casada para buscar un lugar donde comenzar de nuevo. Tuve suerte al encontrar la casa que arrendaba el administrador del vizconde Lisle, y sin mirar atrás me trasladé a Halston, una localidad cercana al lugar donde había transcurrido mi infancia.
No creo que sea justo decir que soy extravagante, exasperante o insolente, como sé que algunos dicen a mis espaldas. Lo que sucede es que, cuando creo en algo, soy capaz de implicarme en ello hasta el fondo de mi alma. Es lo que pasa con la escuela dominical que he levantado contra el criterio de algunos de mis convecinos, o con la situación de los hermanos Alcott, que han quedado huérfanos y de los que lord Lisle debe hacerse cargo. Si eso implica que haya gente que me mire por encima del hombro... bien, es un precio que estoy dispuesta a pagar.
Por supuesto, tampoco deberíais prestar atención a las palabras de lady Everley, mi madrina, o de Bess, la mujer que ha trabajado toda la vida para mi familia: yo no me he enterrado en vida en este pueblo. Me gusta la vida que tengo, y punto.
Aunque debo reconocer que alguna vez...
Pero no. Soy realista. A mi edad y con mis escasas posibilidades económicas, es la mejor vida que puedo tener.
Y así seguiría, tranquila y sin más aspiraciones, si no fuera porque el arrogante vizconde Lisle ha decidido no asumir ninguna de sus responsabilidades. Si lo hubiera hecho, si se hubiera encargado de los Alcott, yo no habría tenido que abordarlo una y otra vez para tratar de que haga lo que es debido. No se habría producido entre nosotros el malentendido de los establos,  él no me habría insultado, yo no habría tenido que salvarle del asalto... Pero no, no quiero recordar esos momentos. Porque entonces también tendría que recordar el estremecimiento que sentí al verlo por primera vez, de pie ante aquella puerta, sin ser capaz de evitar una mirada admirativa que él captó a la perfección...
No, no voy a explicaros aquí mis recuerdos. Si queréis saber qué sucedió aquel día, y los días siguientes que siguieron saltando chispas entre nosotros, será mejor que me acompañéis en mi historia. Si decidís hacerlo, sed bienvenidos a mi vida.

John Sinclair, vizconde Lisle: Me han pedido que os cuente algo sobre mí, pero como sé que Anna Hurst se ha adelantado, estoy seguro de que ya tenéis alguna idea sobre cómo soy. Pues bien, ponedla en cuarentena. Esa mujer me ha juzgado mal desde el principio. Yo no me niego a asumir responsabilidades, como dice, es sólo que mi vida en Londres no las tiene.  Soy un noble rico, atractivo y viudo. ¿Soy culpable de ello? ¿Soy culpable de tener los medios para vivir despreocupadamente? No, por supuesto que no. Esa es la forma de vida de la gente que está en mi nivel social. Y no voy a pedir perdón por eso.
En cuanto a la propiedad de Halston, ¿os ha dicho que no me ocupo de ella? Pues tampoco es verdad, porque aunque yo no venga nunca, mi administrador se ocupa de todo. No se me puede exigir más. ¿O qué pretende, acaso? ¿Qué viva en un sitio del que guardo tan malos recuerdos?
No tengo por qué. Y si ahora estoy aquí, en Halston, es tan sólo porque el deber lo exigía. Mi madre falleció y vine para el funeral. Luego tuve que quedarme algunos días para poner todos los asuntos en orden. Por eso sigo aquí. ¿Que creéis que hace muchos días que pude volverme a Londres, y aún no lo he hecho? ¿Que sospecháis que mis encontronazos con Anna Hurst tienen algo que ver en que siga aquí?
No pienso reconoceros algo así. Aunque, si he de ser sincero, no me entusiasma regresar a Londres. Donde quiera que estoy me siento aburrido, hastiado... Y es verdad que Anna Hurst me ha descolocado. Estoy acostumbrado a que las mujeres me adulen, me complazcan, hagan mi vida más agradable. Pero ella no; ella me ha insultado, me ha prejuzgado... Y ahora, además, me ha salvado. Desconcertante...
... y sugestivo.
También me ha pedido que acuda a su escuela. Creo que aceptaré. Intuyo que bajo su fachada de mujer fría y decidida hay más, mucho más de lo que deja ver. He sido testigo de cómo se enciende su rostro cuando se indigna, de cómo brilla su mirada cuando defiende aquello en lo que cree. Hay pasión en ella, lo sé, aunque se empeñe en ocultarlo. Me intriga saber cómo ha acabado viviendo aquí, sola, apartada. Y puesto que no tengo nada mejor que hacer, bien puedo dedicarme a tratar de descubrirlo. ¿Qué os parece si me acompañáis en esta búsqueda? Intuyo que no nos aburriremos.

Secundarios a destacar

Julia Dunn: Veo sorprendida que, a pesar de su vulgaridad, la pueblerina de Anna Hurst tiene un papel estelar en esta presentación. Como protagonista, nada menos. Y ahora pretenderéis que yo asuma tranquilamente un papel secundario. Ni soñéis con que lo haga. Soy la condesa de Holbrook, una de las más notorias integrantes de la Alta Sociedad londinense, y amante de Lisle desde hace tres años. Así que, si alguien debe tener un lugar junto a él en esta historia, esa soy yo. No estoy dispuesta a que una viuda arruinada con ínfulas de gran señora pretenda ocupar mi lugar. Soy yo quien escoge y deja a los hombres, como y cuando quiero. Y no tengo ninguna intención de dejar por ahora a John Sinclair.
Así que, os lo advierto: voy a hacer lo que haga falta para apartar a esa mujer del camino de John. Lo que haga falta. Si pretendéis impedirlo de alguna manera, vais a encontrar que no siempre juego limpio. Pero ese será vuestro problema.
Estáis avisados.

Lady Everley: No prestéis atención a Julia. Hace años que la conozco, y donde está ella siempre hay problemas. Yo soy la madrina de Anna, y llevo tiempo tratando de que deje el pueblo en el que vive y venga a Londres conmigo. Sé que ella dice que así es feliz, pero yo la conozco; esta soledad no es para ella. A veces me reprocho no haber hecho mucho más cuando pude. Me rendí a su insistencia, y dejé que tomara sus decisiones. Ella no quiere hablar de ello, nunca menciona lo que sucedió en el pasado, pero yo aún no me he resignado. Y ahora que ha conocido a John Sinclair, estoy dispuesta a que aproveche esta oportunidad.
Sí, ya sé lo que pensáis: que a veces Anna es muy terca, y reservada, incluso desconfiada. Pero tiene motivos, creedme. Yo os hablaría de ello, pero entonces se enfadaría conmigo, y no quiero que eso suceda. Anna es como una hija para mí. Pero como estoy dispuesta a hacer todo lo que esté en mi mano para que ella tenga una nueva oportunidad, os aconsejo que me acompañéis en este viaje a Halston y Londres. Os garantizo que, al final, acabareis por saberlo todo.

Anécdotas que contar

Escribí la novela sin decírselo a nadie. A n-a-d-i-e. No sólo eso, tampoco nadie de mi familia o amigos conocía mi afición por la novela romántica. Pero cuando recibí la llamada de Ediciones B, llegó la hora de contárselo a algunos familiares («he escrito una novela romántica y me la van a publicar») La sorpresa de todos fue mayúscula.

La gente no puede creer que no hayan tenido nunca ni un atisbo de lo que estaba haciendo. Pues no; fui más que discreta. Es más, en mi trabajo no se han enterado hasta bastante después de la publicación, cuando salió publicada una entrevista en prensa. Aun así, tenía mis esperanzas de que siguiera siendo algo privado, puesto que el seudónimo me protegía. Pero, por supuesto, la foto me delató.

Alicientes para su lectura

En primer lugar, porque es novela romántica, histórica, de regencia. En segundo, porque Anna y John son personajes adultos, maduros, que se encuentran en un momento de su vida en que saben lo que quieren, y sus diálogos y actuaciones reflejan esa madurez.

Y en tercero, porque es una historia de esperanza a pesar de las dificultades, de superación de traumas y miedos, de nuevas oportunidades cuando crees que la vida ya no tiene demasiado que ofrecerte. Un soplo de optimismo. Y tal y como está el panorama, debemos inyectarnos el optimismo en vena.

Un pequeño aperitivo

—¿Por qué se preocupa tanto por la gente de Halston?
Anna dio un respingo y elevó la vista hacia su rostro. Se había distraído observando sus manos, y temió que él aprovechara aquello para tomarle el pelo, pero la pregunta sonó directa y franca, sin rastro de burla.
—¿Le parece mal que me preocupe por los demás? —Le devolvió la pregunta para ganar tiempo, intentando decidir si él se lo reprochaba o sentía curiosidad.
—Me parece extraño. —Dio un suave tirón a las riendas, y el caballo aceleró el paso.
Anna frunció el ceño, algo recelosa.
—No sé qué tipo de sermones está acostumbrado a oír los domingos, pero le aseguro que si escuchara al reverendo Edwards no vería nada raro en ofrecer su ayuda a los demás.
—Me parece extraño que usted se preocupe. No me malinterprete —cortó la evidente protesta que ella estaba a punto de emitir—, sólo quiero decir que las mujeres como usted suelen estar tan ocupadas con invitaciones a veladas, fiestas y bailes que no tienen tiempo de dedicarse a ayudar en la iglesia.
—No sé si ha pretendido ofenderme o halagarme, pero le aseguro que las mujeres como yo tenemos muchas más preocupaciones que las fiestas.
—No es lo que yo conozco.
—Cualquiera diría que las mujeres que usted conoce sólo se ocupan de vestidos y bailes.
—Y así es, se lo puedo asegurar. Esas son las preocupaciones de las mujeres que conozco —afirmó con rotundidad, y su rostro se ensombreció—. No quisiera preocuparla, pero aquellas nubes oscuras a nuestra derecha están creciendo a gran velocidad.
Anna observó de reojo el cielo. Efectivamente, empezaban a parecer amenazantes. Pero decidió volver al tema.
—No estoy en absoluto de acuerdo con usted. Todas las mujeres se preocupan de muchas más cosas que esas frivolidades. Las mujeres cosen, bordan, leen, llevan un hogar, cuidan hijos... Y muchas además se dedican a labores caritativas.
—No dudo que habrá mujeres así, pero no son las que yo frecuento —explicó con repentina severidad, mientras sus ojos se ensombrecían—. En mi mundo, Anna, las mujeres hablan de la última moda de París y del último escándalo de la sociedad, encargan el cuidado de sus hijos a institutrices y tutores, y prefieren el brillo de los cientos de velas de un baile al calor de la chimenea de la casa familiar. Y puede que den dinero para caridad, sobre todo si pueden hacer que otros lo sepan, pero lo que no dan es su tiempo.
Allí estaba otra vez aquella extraña amargura, pensó Anna estremecida. El vizconde sonriente, que bromeaba con ligereza y galanteaba casi de continuo, se transformaba a veces en un ser severo, que hablaba con cinismo y rebatía con aspereza. Era una transformación de lo más desconcertante.
Observó de reojo su mandíbula apretada, y la tensión que blanqueaba sus nudillos. Súbitamente, comprendió que todo en él le atraía, sin que su dureza y su cinismo rebajaran un ápice aquella atracción, y se sintió dolorosamente frágil. Con la vista fija en su perfil, se dirigió a él con un hilo de voz.
—¿Por qué ha venido a buscarme, lord Lisle?
Él continuó mirando al frente, sin volverse hacia ella, cuando se oyó el primer trueno.
No pretendió fingir que no la había entendido.
—Me gusta su compañía, Anna.
—¿Tanto le aburre Halston, milord? —La incertidumbre hizo que su voz sonara indecisa.
—Halston me aburre, sí. Y Londres también —reconoció con desgana, sorprendido de haber admitido en voz alta algo que guardaba dentro de sí—. Pero aunque la encuentro amena, esa no es la razón de que me guste estar con usted.
Entonces tiró de las riendas, y el carruaje se detuvo. Se giró hacia Anna. Sus ojos parecían reflejar la angustiosa oscuridad del cielo, y contenían una emoción que ella no supo identificar. Con lentitud, elevó una mano hacia la mejilla de Anna, deslizando sus nudillos en una suave caricia que le quitó el aliento.
Unas gotas de lluvia comenzaron a caer. Sabía que debía decirle que se detuviera. Sabía que no estaba bien disfrutar aquella caricia. Con voz trémula, mientras John bajaba la mano y el camino trazado sobre su mejilla parecía arder, Anna preguntó sin aliento:
—¿Cuál es la razón?
John sonrió sin ganas, con algo parecido al arrepentimiento en sus ojos.
—Su pasión, Anna. Su extraordinaria pasión.

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